Nos conocimos en Galeria Rubbers. Sonia Etchart venía de una larga trayectoria en el arte y formaba parte del grupo de artistas que exponía regularmente en el mítico espacio dirigido por su mentor Natalio Jorge Povarché. Con apenas veinticuatro años, yo empezaba a trabajar codo a codo junto al marchand que en los sesenta trajo una muestra de Andy Warhol a la Argentina e impulsó el reconocimiento de artistas como Xul Solar y Antonio Seguí. Corría el año 2006. Sonia llegó acarreando bajo el brazo rollos de tela para tensar que pacientemente desplegaba en la trastienda y, entre todos, preparamos su nueva muestra: invitaciones, inauguración, lista de precios, cartelitos, montaje. Lo habitual ganaba terreno pero una vez desplegadas las obras en el espacio de la galería lo maravilloso estaba asegurado. Cruzamos palabras, compartimos días de trabajo, tardes de distracción y, con el correr de los años, nos fuimos haciendo amigas. El último día de la feria enviamos mensajes a Chile contando cómo recibían los espectadores la luz y calma de sus paisajes, sonreían y se alegraban al ver sus cuadros. Sonia no podía responder pero sabíamos que recibía los audios con alegría. Ignorábamos que en pocos días, esa morocha de ojos verdes y cejas tupidas, ya no estaría con nosotros. Su energía, calidez humana y enamoramiento por la vida prevalecen hoy en las personas que tuvieron el placer de compartir algunos momentos con ella. Las palabras que siguen son mi pequeño y humilde homenaje a su universo pictórico.
En las obras de Sonia Etchart la naturaleza juega un doble papel: describe un exterior (bosques, arboledas, forestas, lagos y dunas) pero nos acerca un interior (“el paisaje de su propia conciencia”, en palabras del crítico Guillermo Carrasco Notario) plagado de luces y sombras, como si la naturaleza se hamacara en los vaivenes del espíritu. En sus primeras obras, la presencia de la figura humana narraba una historia dentro del paisaje que la albergaba pero, con el paso del tiempo, fueron desapareciendo los personajes para dar lugar al paisaje. “Escape”, una obra del año 1998, es sintomática de este cambio: un bosque tupido sobre el que varias mujeres ascienden del suelo, ayudadas por escaleras, para perderse en el cielo nocturno. En los inicios del siglo XXI, prevalecen en su pintura los tonos oscuros: negros, naranjas, rojos, azules y verdes. Es un paisajismo que roza el minimalismo en el planteamiento de las formas básicas de los árboles y que recuerda, en el uso de los colores fuertes y saturados, al pintor francés Henri Rousseau y al arte naïve. “Estar visible es estar presente; estar ausente es estar invisible. Una voz, un perfume o algo microscópico pueden estar presentes y al mismo tiempo son invisibles, no debido al lugar en que se encuentran, sino a su naturaleza. La función de la pintura es llenar una ausencia con el simulacro de una presencia. (…) Desde la época de las pinturas paleolíticas, la función principal de la pintura ha sido contradecir las leyes que gobiernan lo visible: hacer ‘ver’ lo que no está presente.” La frase, perteneciente al ensayo “El lugar de la pintura” (John Berger, 1982), resume a la perfección la importancia de las imágenes de los árboles en las obras de Sonia. Inquieta, enamorada de los viajes y cautivada por la naturaleza la artista donaba con su pintura un universo en el cuál la presencia de los árboles se introducía sobre un fondo pleno. Lejanos o cercanos, solitarios o acompañados, tupidos o libres de follaje, con horizonte o sin él, los árboles forman un conjunto visual donde no caben los humanos; están sujetos a la mirada que los contiene y los hace visibles: la propia mirada de la artista. En el año 2010, Sonia inauguró la muestra “Memoria y paisaje”. Junto a grandes pinturas exhibió dibujos a lápiz y carbonilla que había realizado en Quequén, al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Los llamó simplemente “Dibujos” pero contenían tal fuerza que uno se quedaba pasmado mirando los trazos que formaban dunas, pasto, troncos y follaje. En el prólogo, Guillermo Carrasco Notario describía los dibujos como las notas que forman una melodía: “No es casual que la muestra nos lleve por un camino de árboles diversos, para enfrentarnos finalmente a la fiesta luminosa y sensual de un bosque cuyos follajes se aprietan en una junta amorosa. Hay una premeditación en la disposición de las obras en la muestra, es lo que en música llaman in crescendo; desarrollo en que los dibujos del principio son la esencia de las telas del final, y en ese sentido la base melódica de toda la muestra.” En las pinturas “La pampa” y “Tormenta”, hacían su aparición cielos nublados (significativamente raros en sus obras), colmados y pesados, dando un vuelco dramático a las escenas. El cambio era elocuente. Un torbellino de nuevas experiencias se agitaba en su ser buscando atravesar ciertos estados mediante la representación de sus dudas y certezas. El cielo cubierto que antecede a la tormenta, el horizonte en la distancia con ‘brócolis’ que emergen de las dunas, tallos solitarios invadidos por sombras. “Al ser pintado, todo ello queda ordenado, colocado, como si constituyeran un interior, como si estuvieran codo a codo con lo íntimo.”, dice John Berger. Si lo visible, lo pintado, es la materia de la relación entre lo visto y el que lo ve, las pinturas de Sonia condensan con vigor y fortaleza esa experiencia. A salvo de los juiciosos que opinaban que su arte era pura simpleza Sonia Etchart seguía su camino con ahínco y probaba con varios formatos y técnicas: escultura, serigrafía, grabado, cajas con collage, lienzos redondos y trípticos. Llegó incluso a realizar unas bonitas bolsas de tela con imágenes de sus árboles. En Santiago la artista logró vivir de su arte ya que el público chileno no miraba de reojo su producciones sobre papel y otros formatos. En sus últimas obras, el paisaje que mezcla lo interior con lo exterior se resquebraja. El uso de los polípticos se intensifica. Así lo apunta Guillermo Carrasco Notario en el prólogo de la muestra “Conciencia del paisaje”: “trasunto quizá de la fragmentación del ser de la propia artista, lo que es llevado al extremo en aquella pieza que es una suerte de puzle, donde los árboles se pueden de-construir casi al arbitrio del observador, y donde –principalmente esto- cada pieza es en sí misma un todo.” Una de las obras más representativa de la exposición son dos árboles fundiéndose en uno con las ramas torciendo la perspectiva y balanceándose por el viento. Se titula “Conciencia”. Otra obra es “Llifen”, un pequeño tríptico realizado sobre madera en el que vuelven a aparecer las escaleras pero esta vez sin figuras humanas. Con su legado pictórico Sonia Etchart nos puso a salvo. Pintó la naturaleza para abrigarnos con sus árboles y forestas, sus cielos azules, rojos y verdes, sus bosques carbonilla, sus lagos celestes. Somos afortunados.

BIOGRAFIA
Sonia Etchart nació en Buenos Aires. Vivió en varios lugares de Latinoamérica antes de instalarse definitivamente en Santiago, Chile. Tuvo dos hijos: Matías y Neftali. Expuso regularmente en Buenos Aires, Chile y Miami. Sus obras se encuentran en importantes colecciones públicas y privadas del país y del exterior.


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