LEOCADIA Y EL MAR

Leocadia Saldana era muy chica. Una noche llegó un viejo al campo de su padre, enclavado entre dos lejanos fortines. Por hospitalidad y por interés (en esas lejanías un rostro nuevo era una fiesta) fue invitado a comer y a pasar la noche.

El hombre era hablador pero, por suerte, soslayó el tema de los malones, problema por demás presente en forma de acuciante alerta y —por qué no decirlo— de resignada aceptación en el ánimo de esos pacíficos moradores de la pampa.

El viejo habló del mar. Dijo que era igual a esos llanos, pero de agua. Que a veces los vientos encrespaban esa líquida masa y la ondulaban lo mismo que si sobre una batea alguien soplara con terrible fuerza. La incredulidad y la reverencia se unían al silencio admirado de los oyentes.

Leocadia intuyó la cosa. Dijo el hombre que esas aguas estaban pobladas de inmensos monstruos y diminutos peces. Intentó describir las caracolas, la inacabable arena de las playas doradas, las ballenas que jamás había visto, los pulpos, las esponjas, los corales, las algas aceitosas y la luna del mar que, como un imán, era capaz de alzar esas aguas interminables y bajarlas con su sola presencia o su mera ausencia.

Creció Leocadia. La pampa —para quien no lo sepa— es verde, honda, silenciosa y recóndita, y se extiende hacia todas partes como una metáfora infinita. En esas repetidas soledades creció Leocadia con sus ojos frecuentados sólo de inmensidad, de horizontes desnudos, de reiteradas distancias.

Nunca dejó de imaginar el mar. Lo pensaba con los pocos datos que le había dado el viejo hacía ya muchos años. A veces, al atardecer, sentada en la galería de la casa miraba el campo y creaba el mar, un mar contradictorio, por momentos azul; a veces, dorado; no pocas veces iridiscente o compuesto de llamas del color de la sal y del mercurio.

Tenía un perfil acusado Leocadia. Una frente tirante, generosa nariz de noble desdén, la boca sensual, de carne sana y rosada. Murió a los veinte y pico de años, el 7 de febrero de 1870. Su última visión fue la del mar, que nunca había visto.

El 7 de febrero de 1870 fue botada la fragata "Leocadia", noble barco construido en Palos, puerto español convocado a la aventura. Ostentaba por mascarón de proa el bellísimo rostro de una mujer tallado en encina. Su perfil mostraba una frente tirante, nariz de orgulloso desdén, una boca sensual y tersa. Repetía, sin saberlo, el rostro de una mujer que nunca había visto el mar.